La Niña de los Tacones Amarillos: María Luján Loioco

Por Irma Herros
REVISTA PICNIC MÉXICO

Los zapatos altos han pasado de ser una prenda para hombres y mujeres y se han convertido en símbolo femenino de sensualidad. Lejos del daño que este calzado pueda provocar a la espalda de quienes los use, dominarlos es una hazaña que consigue embellecer el porte y que anuncia sutilmente nuestro andar. Es por ello, que no renunciamos al suplicio de portarlos, especialmente cuando el evento amerita elegancia especial.

El uso de tacones tiene sus orígenes tiempo atrás a la era medieval. Inicialmente, daba practicidad a los jinetes, quienes atoraban su zapato a los estribos para conseguir estabilidad. En Europa, lo ostentoso y poco práctico fue un importante símbolo de estatus, por lo que este calzado pasó de ser una herramienta, a un artículo de moda y decoración personal.

A partir del siglo de las luces, las costumbres giraron drásticamente. La preocupación se desplazó de lo material a lo intelectual, y malamente por las “cualidades” que los tacones otorgaban, pasaron a ser de forma exclusiva para el sector femenino.

El carácter erótico se adquirió hasta mediados del siglo XIX,  cuando los tacones sirvieron como única prenda en una importante campaña pornográfica que retomaba desnudos clásicos. A partir de aquí, se les brinda un carácter de madurez, es decir, usar tacones es cosa de mujeres adultas, mujeres seductoras que son aptas de explorar su sexualidad.

La Niña de los Tacones Amarillos, es el título que María Luján Loioco da a su opera prima. La cineasta argentina, quizá nunca imaginó que su primer largometraje causaría impacto en salas de un país diferente al suyo, no obstante, su narrativa fílmica nos otorga distintos elementos dignos de analizar.

Isabel es una adolescente, que vive con su madre y su hermano en un pueblo pequeño a orillas del Río Grande. En su conducta se nota un deseo inamovible por el descubrimiento. Ella no se conforma con una vida en provincia, quiere conocer y tiene hambre  de experimentar. Sus días transcurren de forma tranquila, la escuela no es motivo de emoción y quizá lo único que la une con su mejor amiga es la cercanía que está última tiene para con la ciudad. El ambiente cambia súbitamente, cuando un día diferente a cualquiera, una constructora decide edificar un hotel de descanso en el poblado de Jujuy. Los múltiples acercamientos que se producen entre Isabel y los trabajadores, la llevan a cuestionarse sobre el poder de su atractivo natural, elemento hasta ahora virgen que la joven decide explotar.

Los tacones representan la búsqueda de grandeza, es un artículo poco visto en el poblado de Isabel y por tanto, uno de sus deseos latentes. Obtenerlos resulta fácil: tal es su afán de posesión, que seduce ventajosamente a uno de los vendedores, quien como víctima de un encanto, sede la mercancía sin titubear.

Entre todos los trabajadores de la constructora, Isabel se fija en Miguel, un joven muy mayor a ella, que cuenta con la labia y experiencia necesarias para engancharla. La niña se entrega esperanzada a quien le promete llevársela  a la ciudad, sin embargo, Miguel nunca llega a recogerla.

Los tacones salen a la luz varios meses después, cuando Isabel aún abatida por el abandono, sale a las fiestas del pueblo con su mejor vestido y los llamativos zapatitos. Y así, quizá sin sospecharlo, de pronto vemos a nuestra protagonista violada en las habitaciones del hotel que Miguel mismo se encargó de construir.

Isabel no estaba lista para los tacones, como quizá tampoco están listas las quinceañeras que reciben su última muñeca y cambian su calzado por uno de tacón. Su futuro queda incierto y da lugar a varias interrogantes que en el fondo nos hablan de dominio y sumisión. Dominio del capitalismo, dominio errante en la educación, dominio de un hombre y ante el deseo, excesiva sumisión.

Dale una oportunidad a la película y crea tu propia crítica. A pesar de haber sido presentada el año pasado, al día de hoy cuenta con varios horarios en la Cineteca Nacional. Se trata, en términos generales de una obra bien construida que a varios nos deja con sed de más.